Oasis Electrónico

Oct. 7, 2015, 12:19 p.m.

por Paul Salopek
La Aldea Dalifagi, Etiopía, 10°37'34.8'' N, 40°18'43.9'' E

Llama "N" para nómada. Viejas y nuevas herramientas de supervivencia en el malpaís Afar -- un "jile" (una daga tradicional), un fusil kalashnikov para protectar el ganado, y un teléfono movíl. Foto por Paul Salopek.

 

En el triángulo Afar de Etiopía el agua es oro. No es sorprendente. Es uno de los desiertos más calurosos del mundo. Hace poco caminamos por tres días cerca del acantilado oeste del gran valle Rift, y solo encontré una muestra de agua fangosa para nuestros camellos que estaban sedientos. Sin embargo, al siguiente día tropezamos con otra forma distinta de oásis  -- uno de electrones-- Era el pueblo de Dalifagi.

Foto por Paul Salopek

 

Los inmensos paisajes de sal de las fronteras de Etipoía, Yibuti y Eritrea no fueron trazados en el mapa hasta los años 1920’s.Por siglos los pastores de Afar que reinaban en la zona se resistieron a las incursiones del mundo exterior. Sin embargo, hoy, representan la revolución de la información con vengaza. “Les dió poder,” dice Mulukan Ayalu, 23,  un técnico gubernamental que mantiene la pequeña central eléctrica en Dalifagi . “Pueden llamar a diferentes comerciantes de cabras. Pueden elegir los precios de venta.”

 

Los generadores de diesel no generan mucha sombra ni ofrecen un hábitat a los pájaros tejedores y a las gacelas. Sin embargo, los pistones chinos producen corriente de 220 voltios seis horas al día. En el proceso han transformado lo que  hace 20 años fue un desierto prístino en el centro de la revolución de la información. Un imán para los pastores que caminan por millas desesperados con el fin de cargar las baterías de sus celulares y calmar su adicción.

Mulukan Ayalu, tal vez el hombre más ocupada en Dalifagi. Foto por Paul Salopek

 

Como maestro del pozo electrónico, Ayalu recarga los teléfonos móviles de los nómadas a cambio de unos centavos. Los lunes, el día del mercado, los pastores de Afar desgastados por el camino, hacen fila afuera de su oficina, llevando los teléfonos móviles sin batería de sus vecinos en los bolsillos de sus camisas. Cuando dejan sus teléfonos para cargar, los clientes reciben una ficha hecha a mano. Los números ahora llegan a los cientos. Algunos proveedores se ponen aún más creativos dada la escasez de electrones en la frontera de la información en África. En Asaita, un pueblo cercano, un empresario ideó un aparato que carga los teléfonos de los clientes en unos minutos.  

Foto por John Stanmeyer-VII

 

Por la noche cuando el sistema está encendido los residentes del Dalifagi participan de la cena de poder con teléfonos móviles sujetados a la oreja -- una nueva práctica cultural que no vino de Manhattan. A menudo cuando dos Afas se encuentran en el desierto realizan un intercambio formal de noticias llamado dagu en la forma de llamada y respuesta. “Ahora hacemos dagu, dagu, dagu todo el tiempo por el teléfono,” dice Ahmed Alema Hessan.

 

Como un oasis, el pozo electrónico en Dalifagi nunca atraería a los turistas y mucho menos inspirará  a los poetas, pero es la verdadera historia de África Subsahariana. Novecientos millones de personas. Una carrera hacia la era digital que se brinca un siglo de tecnología análogica. Aspiraciones estallando. Consequencias desconocidas.

 

En Etiopía el gobierno está expandiendo agresivamente su red de telefonía móvil. El año pasado el uso de teléfonos móviles creció en un 30% -- a una cifra increíble de más de 17 millones usuarios. En el pueblo aislado de Dalfagi, hasta la rusticidad de los enchufes comunales se desaparecerá. El año que viene líneas fijas de corriente llegarán. “¿En veinte años? La gente de Afar será distinta,” dice Haji Boddaya Quibad, un lider politico de los nomadas. “La vida ya no será camellos y ovejas.”

Foto por Paul Salopek